Conversaciones de futuro [el bambú esta ahí para que lo toque el viento]

Una de las cosas que más me sorprende en la práctica del coaching, es descubrir cuán amplio se vuelve el horizonte cuando logramos liberar nuestras conversaciones e instalamos nuestra mirada en el futuro.

Son tantas las veces que construimos interpretaciones de nuestro habitar en el mundo, que ni siquiera tienen sentido para nosotros mismos, interpretaciones pequeñas que instalamos como un cerco entre nosotros y la diversidad de posibilidades que el mundo nos ofrece.

Día tras día acumulamos un sin fin de conceptos aprendidos en un cada vez más lejano e irrecordable momento, en el que fueron legítimos y oportunos. Ahora son representanciones del mundo que no nos pertenecen, que nos duelen o nos agobian, y que, sin embargo, repetimos y hasta defendemos como si realmente constituyeran parte de nuestra identidad.

El proceso de desprenderse de las conversaciones que nos aprisionan y definen para nosotros límites estrechos de existencia, y además, la capacidad de instalarnos en conversaciones de futuro, no sólo son gestos de liberación, son en sí mismos actos de coraje y desapego a través de los cuales alineamos nuestro presente con la aventura vital de nuestros futuros posibles.

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Gestionar el éxito es posible

Dar un gran salto en nuestra capacidad de obtener resultados efectivos es, principalmente, un asunto de tomar acción, potenciar nuestras habilidades y talentos, así como transformar nuestras debilidades en fortalezas, así de fácil. La dificultad radica en que casi nunca tenemos claridad sobre cuáles son nuestros talentos y qué herramientas o metodologías están disponibles para su desarrollo.

Debemos reconocer que cuando nos preguntan sobre nuestros talentos o nuestras habilidades, no sabemos realmente qué responder y nos enredamos con una respuesta políticamente correcta o nos refugiamos en la descripción de alguna destreza o capacidad técnica aprehendida teóricamente en el mundo laboral o académico.

Pero la verdad es que en la vida real no estamos escuchando nuestras habilidades, no reconocemos nuestros talentos y muchas veces ignoramos aquellas cosas que nos definen, nos dan identidad ante los demás y nos permiten actuar en comunidad, o peor aún, le restamos el valor que realmente tienen.

Soy bueno para trabajar en equipo, soy ordenado, soy creativo, me manejo bien bajo presión, etcétera. Casi nunca estas aseveraciones son fundadas en nuestras prácticas reales y la mayor parte de las veces las decimos, o más bien las repetimos, porque son parte de lo que suponemos que los demás quieren escuchar.

Pareciera ser que medimos nuestras propias habilidades con una vara menor a los conocimientos especializados y sistemáticos, como si valoráramos más una ecuación aprendida en la universidad, totalmente inutilizada en nuestro desempeño laboral, que la capacidad de generar, por ejemplo, un buen ánimo organizacional, habilidad fundamental para el logro eficiente de objetivos.

Siempre valoramos y resaltamos a quienes que, con ayuda o por sus propios medios, son capaces de superar o controlar aquello que es considerado una debilidad, ponemos como ejemplo a aquel que logra contener su mal genio, al que vence una adicción, al que supera su timidez. Pero rara vez hablamos de aquellos que son capaces de potenciar y proyectar sus más naturales talentos y habilidades.

Escuchar al otro, colocarse al servicio, coordinar acciones, generar conversaciones virtuosas, sostener un propósito trascendente o habitar en la confianza, son algunos de los conceptos que comienzan a estar en boga en la alta gerencia y el empresariado de nuestro país, así como en las definiciones de un óptimo perfil laboral.

Aún así, muy pocas veces estos conceptos, estas prácticas, aparecen como requerimientos laborales de una empresa, o en la confección de un currículo, menos aún aparecen cuando llega la hora de valorar el desempeño profesional, o en la oferta de formación de un ejecutivo. De este modo nos cerramos a la posibilidad de potenciar el aprendizaje y el desarrollo de esos talentos y capacidades como respuesta oportuna y efectiva para la realización de objetivos y metas, y peor aún, perdemos la oportunidad de darle valor a nuestros emprendimientos.

Es en las personas y sólo en las personas donde habitan las habilidades de sostener o dar proyección a un proyecto, una empresa o a una misión, es la suma de su conocimiento especializado y sus talentos naturales lo que permite alcanzar el éxito. Esto, en medio de una sociedad cuyo paradigma actual es el cambio permanente, y la crisis el pan de cada día, es entonces una oportunidad fundamental, pues en medio del a incertidumbre y el desasosiego, el desarrollo de los talentos y capacidades innatas de las personas es un recurso estratégico de estabilidad y apoyo para la gestión del éxito y la construcción del futuro.

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Desde las emociones es posible

Hace un par de semanas tuve el privilegio de desarrollar un taller de liderazgo y trabajo en equipo para un municipio del sur de Chile, centro del turismo nacional.

En la última elección de alcaldes, quienes habían sido opositores durante más de 30 años, llegaban por primera vez al gobierno de la comuna y buscaban dar un nuevo sentido a la gestión municipal e instalar nuevos modos de relacionarse con los ciudadanos.

El objetivo del nuevo liderazgo municipal al realizar este taller, era estimular la integración del equipo directivo del municipio, conformado ahora por personas de distinto “color político”, opositores entre sí y que en los primeros meses de gestión, ya habían manifestado de una forma u otra, sus diferencias y distancias. Además, chocaban no sólo las ideologías, sino también, las experiencias e interpretaciones del mundo, los modos de gestión y aspiraciones, chocaban aquí años de antagonismo, de heridas profundas y los más profundos y enquistados dolores.

Más que contarles qué ocurrió, me gustaría compartir con ustedes a modo de homenaje a quienes participaron, estas imágenes. Porque desde las emociones es posible.


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El Ser del Coaching

Durante mucho tiempo, cada vez que me preguntaban ¿y tú, qué haces? Inquiriendo sobre mi quehacer laboral, una profunda inquietud me embargaba, pues mi respuesta: soy Coach Ontológico, me remitía a una larga perorata sobre lo que es el coaching, su historia o sus aplicaciones, la mayor parte de las veces pretendía que mi explicación fuese lo más congruente posible con las definiciones aprehendidas durante mi formación, o con los conceptos académicos en boga. Me gusta estudiar y me encanta lo que hago, así que casi siempre tenía mucho que decir, sin embargo, debo reconocer que la mayor parte de las veces la conversación cerraba con un “ah… que interesante”.

Uno de los problemas que logré percibir en mi respuesta, era que por un camino u otro terminaba hablando de mi, de mis competencias o de cuánto me complacía hacer lo que hago, y es cierto, llevar a cabo mi trabajo es algo que me llena de gozo, pero la verdad eso no explica mucho, pues la importancia y trascendencia de lo que hace un coach no radica en él, sino en la realización del otro.

Dijo una vez, uno de mis Coachees: 

“El saber no está en el maestro, sino, en la belleza que siempre habita en el aprendiz” 

Hoy en día, me gusta decir que mi trabajo, mi quehacer en el mundo productivo, es colaborar con las personas e instituciones ayudándoles a identificar y desarrollar sus talentos como herramientas fundamentales para alcanzar sus metas y objetivos. Para lograr esto, me apoyo en el coaching ontológico: metodología que permite a las personas mirar en sí mismos y en los otros; y observar desde donde hacen lo que hacen, desde donde dicen lo que dicen, desde donde sienten lo que sienten. Este ejercicio de sentido e humanidad permite reconocer en uno mismo la potencialidad de las propias fortalezas y debilidades, en comunión con las de los demás e iniciar de esa forma, un camino de acción y encuentro con el propio lugar en la comunidad.

De esta manera, ser una herramienta para que otros encuentren sus tesoros, me define como Coach Ontológico y de a poco, también como persona.

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No escuches las conversaciones miserables

Uno de los enemigos más corrosivos de la productividad en una empresa u organización, y por supuesto, de las relaciones entre personas, son las conversaciones miserables, aquellas que a partir del descrédito y menoscabo de lo que hacen otros, buscan resaltar la propia identidad u ocupar un lugar de autoridad o relevancia al interior de una comunidad. Muchas veces somos ciegos a este tipo de prácticas y podemos pasar de una simple conversación iniciada con sincero ánimo, a un enjambre de descalificaciones y juicios no fundamentados que intentan indisponer al interlocutor con un tercero, por supuesto, siempre ausente.

El foco de las conversaciones miserables no son, casi nunca, acciones o comportamientos evaluables, sino, la adjudicación de supuestas intenciones negativas o más bien malignas, que otro, siempre distinto de tú o yo, tendría respecto de nosotros y de nuestros proyectos (principal mente los tuyos).

La mayor parte de las veces, estas prácticas esconden un profundo sentimiento de subvaloración e inseguridad respecto a la propia identidad de quien las emite, sentimiento que sólo parece ser compensado con el menoscabo de la identidad del otros. Quienes así hablan, se concentran y buscan que los demás se concentren en las debilidades o tropiezos del otro, que lo vean como una amenaza. Es en este lugar donde se esconde uno de los dramas fundamentales de estos comportamientos, las personas que los hacen se vuelven prisioneras de sus propias conversaciones y generan espirales de comentarios nocivos que muchas veces, lo queramos o no, terminan dañando a alguien que podría ser un aporte o una oportunidad de crecimiento para la comunidad.

De igual modo, con más frecuencia de lo que quisiéramos, las conversaciones miserables se apoderan de una parte importante del quehacer de las organizaciones de trabajo, y no es extraño ver cómo al interior de las empresas o instituciones, un número importante de personas se hacen parte de estas discusiones y terminan estructurándose en oposición a otros, que, que supuestamente, no quieren aquello que nosotros queremos.

Construimos así, una cultura de nociva competencia, donde el compañero de trabajo no es un aliado, sino, un enemigo y la coordinación productiva se vuelve un imposible, impidiendo que los aportes del otro o los propios sean el verdadero foco de atención del quehacer de la organización.

Además, las personas que dan inicio a estas conversaciones, no parecen darse cuenta de la tremenda cantidad de energía que desgastan en la crítica solapada y en la descalificación, energía que puesta al servicio de propósitos trascendentes, con seguridad permitirían alcanzar metras y logros positivos para la totalidad de la institución.

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