La culpa no es mía, ¿cierto?

Cuando terminé de exponer sobre la capacidad de decir “NO”, la mayor parte de los asistentes al programa de coaching gerencial, que dicté hace unos meses atrás en la ciudad de Antofagasta, me miraban con una expresión rara, mezcla de aceptación e incredulidad. Cuando inquirí sobre el sentido que les hacia lo que habían escuchado entendí lo que pasaba.

Primero, constaté que el grupo estaba conformado por jefes y ejecutivos de alto nivel, primeras y segundas líneas se denominaban entre ellos, y si bien, desde su individualidad, todos coincidían en que hacían un uso eficiente de esta capacidad, a su vez, estaban de acuerdo con que su uso dependía de la posición que ocupaban dentro de la organización, así como, de la autoridad que tenían al interior de ella para ejercer su derecho a decir que NO.

Definitivamente, ninguno consideraba que el NO de un hijo valía lo mismo que el NO de un padre, uno estaba cargado de inexperiencia y el otro lleno de responsabilidad, me explicaban. Prácticamente nadie estaba dispuesto a permitir ser contradicho, ni mucho menos a aguantar la desobediencia.

Cuando trasladamos la conversación a su propio desempeño al interior de la organización, empezaron los ajustes y las explicaciones, lo que servía en algunos casos, no se podía aplicar en otros. No es lo mismo, me decían unos, “en la pega uno tiene que saber agachar el moño” o “haces lo que te piden o te echan”, “en la pega o cumples o te vas” La diferencia fundamental entre ellos, era sólamente que unos ejecutaban ordenes y los otros las impartían.

Así vivimos, sin darnos cuenta, de cómo construimos nuestro habitar en el mundo, mientras la mayor parte de los ejecutivos sentían temor de decir NO y aceptaban peticiones desmesuradas y hasta inverosímiles de sus superiores, por temor a ser mal evaluados o peor aún ser despedidos, los jefes interpretaban su uso como una herramienta para hacer cumplir, para obligar. Ninguno se preguntaba ¿Cómo ser más eficiente?, ¿Cómo producir mejor?, estaban atrapados por prácticas enfermas, repetidas por años, determinadas por interpretaciones, que asocian la eficiencia y los resultados al sumiso sometimiento, al temor y no a la emergencia del talento y el compromiso con la propia realización.

En alguna esquina del camino aprendimos a tropezar, en alguna otra aprenderemos a volar.

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