¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?

“¿Por qué me pasa lo que me pasa? ¿Por qué me ocurre esto justo a mi? ¿Que he hecho yo para merecer semejante castigo?” Nos preguntamos sin cesar esperando que alguien, no importa quien, se haga cargo de nuestras desgracias, de nuestros problemas.

Sin darnos cuenta nos negamos a entender que es allí mismo, en esas preguntas, en esa espera de un culpable, de un responsable ajeno a nosotros, en esa manera de enfrentar la vida, donde reside la verdadera tragedia. Asumimos que no somos nosotros mismos los primeros responsables de nuestros actos. Sin darnos cuenta radicamos el poder de las soluciones en ese alguien a quien culpamos de aquello que nos sucede o de quien esperamos, sin pedirlo siquiera, que se haga cargo de nosotros.

Y allí quedamos mascullando nuestro infortunio, transformados por nuestra propia decisión, en victimas del mundo, sometidos a la imposibilidad de cambiar nuestro destino, porque ya no es nuestro. Sin darnos cuenta lo hemos dejado en manos de otro, otro que la mayor parte de las veces no sabe de nuestros quiebres, otro al que nunca le pedimos que aportara a la solución que necesitábamos o que asumiera la responsabilidad que nosotros creemos que le corresponde. Otro al que probablemente ni siquiera le importe lo que nos suceda.

Podemos condenar nuestra vida a responsabilizar a otros de nuestro destino, sumiéndola en la queja y el reproche constante, desgastando nuestra existencia en la búsqueda de excusas y culpables, o  tomar en nuestras manos el presente y el futuro de nuestra existencia recuperando para nosotros la soberanía de nuestras decisiones y la responsabilidad de su ejecución.

Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de construir el mundo en el que desea vivir, si acepta y asume  protagonismo en cada una de sus acciones.

Deja tu comentario