Cuando escucho, escucho y en ese acto rondan un sinnúmero de universos paralelos que están ahí, listos para que los tome y genere “las nuevas realidades”.

….Había sido cuando menos lo quiso, cuando al cabo de tantos y tantos años de ilusiones estériles había empezado a vislumbrar que no  se vive, qué carajo, se sobrevive, se aprende demasiado tarde que hasta las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir…

El Otoño del Patriarca Gabriel García Márquez

 

Esta es la parte que más me gustó de un libro que fue una tortura leer, lo leí como 100 veces antes de llegar a esa parte, han pasado más de 20 años de haberla leído, aun me hace sentido,  me parece grandioso.

La verdad es que tengo que escribir un relato de cómo ha pasado este año 2009-2010 junto a mis sesiones de coaching, debo enfocarme, concentrarme y no puedo… es difícil para mí expresar por escrito lo pasado.

Hoy la vida me sonríe y yo le sonrío a la vida, estoy bien me siento bien y agradezco a la divinidad por cada día que pasa. Trato de recordar cómo estaba hace un año, cuando partí con este entrenamiento del lenguaje, las cosas que más me gustan son las declaraciones del lenguaje que hacen que nuestra realidad cambie.

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DONDE ESTABA – DONDE ESTOY

Ricardo Testa en Taller Outdoor de Coaching- Este artículo fue enviado por Ricardo Testa, coacheé de Andrés Venegas, empresario gastronómico, esposo y padre de 3 hijos quien autorizó su publicación en este blog, para que otros conozcan su experiencia en el coaching -.

Hace un año y medio llegué a la oficina- estudio de Andrés Venegas, venia recomendado por mi siquiatra  Benjamín Izeckson, con quien seguía un tratamiento por una supuesta depresión, causada por  mi incapacidad de salir delante de una situación económica muy difícil y que me tenía con un estado de ánimo deplorable. La vida me pasaba y yo pasaba por la vida

El (mi siquiatra) después de un par de meses de asistir a sus sesiones me indicó que – por su experiencia  y conocimientos-  pensaba que yo no tenía ninguna enfermedad  mental ni dificultades siquiátricas y lo que yo necesitaba era conversar con  un profesional que me hiciera “Coaching”, fue la primera vez que escuchaba  de eso  y  decidí confiar en su consejo.

Hoy, con la distancia y la perspectiva que da el tiempo, pienso que es uno de los mejores consejos que he recibido en mi vida y me hizo entrar en  un mundo desconocido pero fascinante,  que le dio un giro dramáticamente positivo a mi vida.

Cuando inicié mis sesiones de conversación con Andres Venegas,  “mi coach”,  me invadían emociones tan negativas como el resentimiento y la frustración, y estaba resignado a que eso era parte de mi vida, lo que cargaba en mi mochila y llevaba a todas partes. Lo primero que me pidió fue un relato sobre mi vida, mis éxitos, mis fracasos, mis logros y mis perdidas.

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¿Condenados por el éxito? o ¿Cómo hacerlo mal sin necesidad?

Los mejores liderazgos, los equipos más competentes, los compañeros más leales de un emprendimiento sucumbirán inevitablemente ante el agotamiento y la falta de reconocimiento, por ello, en las organizaciones comprometidas con el éxito se hace imprescindible gestionar equilibradamente los esfuerzos.

Quien se compromete obsesivamente con la meta sin considerar los talentos y las verdaderas capacidades de quienes lo acompañan en sus desafíos, está condenado al fracaso. Cuando una meta se cumple a costo del desgaste irracional del equipo de trabajo, celebraremos una vez, quizás dos o hasta tres veces, pero habremos hipotecado la cadena de éxitos, necesaria para sostener el futuro de la organización.

Los líderes de hoy saben o deben saber, que los horarios imposibles, los retos destemplados, las desoladoras angustias, las corrosivas sensaciones de fracaso que sufren los equipos de trabajo y sus conductores son casi siempre reflejo de un pedido inverosímil o desinformado, de una auto impuesta inflexibilidad o de la incapacidad personal de decir o aceptar un “no” responsable por respuesta. Así, como quien consume desmedidamente las horas y las fuerzas de una organización con el fin de alcanzar, sin importar los costos, las metas más inmediatas debe saber que está comprometiendo recursos que le pertenecen al futuro de su propio emprendimiento.

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Talentos de Invierno: Aquello que naturalmente hacemos bien.

Talentos de Invierno: Aquello que naturalmente hacemos bien

Cuando le pregunte a Valentina, joven socióloga chilena experta en competencias laborales, sobre aquello que realmente le haría sentirse una persona maravillosa, se perturbó notoriamente, la tristeza irrumpió en sus ojos y un silencio profundo la habitó de pies a cabeza, bajó la mirada por un instante interminable y luego, sin dejar de mirar el piso, dijo:

“Hace algunos años, antes de trabajar en el diseño y ejecución de políticas públicas, estuve empleada en una empresa donde trataba directamente con personas, podía ver sus rostros, conocía el nombre de aquellos a quienes servía, compartía con ellos sus logros, sus fracasos, entonces era enteramente feliz. En ese tiempo, las horas se me pasaban volando, de una u otra manera todo resultaba, me sentía bien, maravillosamente bien. Lo que más me gustaba era que con facilidad lograba la ayuda de las personas y juntos vencíamos desafíos que parecían imposibles. Sí, era buena en lo que hacía, cada esfuerzo, cada logro me hacía sentir una persona maravillosa.

Hoy, me gusta lo que hago, se que mi trabajo apunta a generar bienestar y es importante para las personas, se que lo hago bien, pero no se si era ésto lo que quería para mi: computador, teléfono, escritorio, reuniones, computador….decisiones teóricas, que inevitablemente siento diluirse en procesos interminables, echo de menos trabajar en cosa concretas, tareas en que pueda ver en el rostro de los otros los resultados de mi gestión”.

¿Sabes lo que realmente te haría sentir una persona maravillosa?.. volví a preguntar. “Si, claro que sé”, me dijo riendo, luego me abrazó cálidamente, me miró sonriendo y se fue.

Hace ya varios meses que Valentina fundó junto a otros compañeros su propia empresa de asesoría directa a personas.

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La culpa no es mía, ¿cierto?

Cuando terminé de exponer sobre la capacidad de decir “NO”, la mayor parte de los asistentes al programa de coaching gerencial, que dicté hace unos meses atrás en la ciudad de Antofagasta, me miraban con una expresión rara, mezcla de aceptación e incredulidad. Cuando inquirí sobre el sentido que les hacia lo que habían escuchado entendí lo que pasaba.

Primero, constaté que el grupo estaba conformado por jefes y ejecutivos de alto nivel, primeras y segundas líneas se denominaban entre ellos, y si bien, desde su individualidad, todos coincidían en que hacían un uso eficiente de esta capacidad, a su vez, estaban de acuerdo con que su uso dependía de la posición que ocupaban dentro de la organización, así como, de la autoridad que tenían al interior de ella para ejercer su derecho a decir que NO.

Definitivamente, ninguno consideraba que el NO de un hijo valía lo mismo que el NO de un padre, uno estaba cargado de inexperiencia y el otro lleno de responsabilidad, me explicaban. Prácticamente nadie estaba dispuesto a permitir ser contradicho, ni mucho menos a aguantar la desobediencia.

Cuando trasladamos la conversación a su propio desempeño al interior de la organización, empezaron los ajustes y las explicaciones, lo que servía en algunos casos, no se podía aplicar en otros. No es lo mismo, me decían unos, “en la pega uno tiene que saber agachar el moño” o “haces lo que te piden o te echan”, “en la pega o cumples o te vas” La diferencia fundamental entre ellos, era sólamente que unos ejecutaban ordenes y los otros las impartían.

Así vivimos, sin darnos cuenta, de cómo construimos nuestro habitar en el mundo, mientras la mayor parte de los ejecutivos sentían temor de decir NO y aceptaban peticiones desmesuradas y hasta inverosímiles de sus superiores, por temor a ser mal evaluados o peor aún ser despedidos, los jefes interpretaban su uso como una herramienta para hacer cumplir, para obligar. Ninguno se preguntaba ¿Cómo ser más eficiente?, ¿Cómo producir mejor?, estaban atrapados por prácticas enfermas, repetidas por años, determinadas por interpretaciones, que asocian la eficiencia y los resultados al sumiso sometimiento, al temor y no a la emergencia del talento y el compromiso con la propia realización.

En alguna esquina del camino aprendimos a tropezar, en alguna otra aprenderemos a volar.

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La Soberbia

Pecado Capital

Uno de los principales y más nefastos enemigos del liderazgo en cualquier organización, y por supuesto, en la construcción del propio destino es creer que la tarea, la obligación profesional, la identidad personal de un gerente, un director o un ejecutivo de alto nivel es saber más que los demás, creer que el rol que se juega para la empresa o institución es dar siempre las verdaderas y únicas respuestas a todos los conflictos, a todos los desafíos y además hacer ésto desde la propia, exclusiva y original interpretación de la realidad, asentando su autoridad en la sabiduría iluminada del que todo lo sabe y a nadie necesita.

Así, se esconde una concepción primitiva del liderazgo, llena de inseguridades ancestrales, machistas y burdas que exige probar una y otra vez que para conducir a otros debo ser mejor que ellos en todos los ámbitos, desgastando a quien conduce en una tarea imposible y sin sentido.

La mayor parte de las veces, las personas que tienen este comportamiento caen con facilidad en la descalificación de su interlocutor, enrareciendo la conversación y la sana argumentación, con juicios tóxicos y conversaciones miserables. “No saben, son ignorantes, vienen de universidades de poco prestigio, los de regiones no saben nada. no entienden lo que pasa aquí en la capital, son jóvenes, ya están viejos, no hablan inglés” Interpretan las tareas de los otros como meras operaciones prácticas, restándole valor a cualquier aporte y alejando a la organización de su mayor riqueza, la inteligencia y la creación continua de conocimiento de su gente.

Así, sumidos en la ceguera de la soberbia, se somete a la organización y a sus equipos a conversaciones improductivas, que la desvían de su propósito trascendente de servicio y creación de valor, sin darse cuenta que la clave de su destino está en construir futuro, a partir de encontrarse en el presente con lo mejor de los otros.

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