El Camino del Talento

El Camino del Talento (la transformación revolucionaria de la vida que viene).
Es cierto, el tema del talento en las personas como opción de crecimiento y desarrollo me obsesiona, y le doy, y le doy vueltas una y otra vez, porque estoy convencido de que es uno de los pilares fundamentales de la transformación revolucionaria de la vida que viene.
Durante siglos, hemos asociado el logro de nuestras metas, de nuestra seguridad personal, y de nuestra búsqueda de la excelencia, a la corrección y fortalecimiento de aquello que más nos cuesta, gastando enormes cantidades de tiempo y energía en mejorar aquello para lo que no somos buenos, sin embargo, rara vez dedicamos tiempo y rigor a potenciar aquello que naturalmente hacemos bien, todo nuestro equívoco sistema educacional se dedica a ello. Hemos uniformado lo que se debe estudiar y castigamos a aquellos que no aprenden con facilidad lo que les hemos impuesto, sin considerar siquiera su diversidad o reales capacidades individuales, nos concentramos en que aprendan temas y no en la expansión de las posibilidades y los talentos.
Se imaginan cómo sería todo, si de verdad invirtiéramos en el desarrollo de aquello para lo que realmente tenemos condiciones, aquello que realizamos con innata facilidad, aquello que al final de cuentas hacemos con agrado y nos distingue de los demás.
¿Se imaginan si Fernando González, el Chino Ríos, Neruda o la Mistral hubiesen concentrado sus mejores esfuerzos en aquello para lo que no eran buenos?
Cuando nos planteamos gestionar éxito, felicidad, realización para nosotros, nuestras familias, empresas o nuestros nuevos emprendimientos, considerar esta disyuntiva es fundamental.
(En respuesta al bello comentario realizado hace un tiempo por mi amigo Coach, Luis Saavedra, hoy día en NY)
Leer TodoNo escuches las conversaciones miserables
Uno de los enemigos más corrosivos de la productividad en una empresa u organización, y por supuesto, de las relaciones entre personas, son las conversaciones miserables, aquellas que a partir del descrédito y menoscabo de lo que hacen otros, buscan resaltar la propia identidad u ocupar un lugar de autoridad o relevancia al interior de una comunidad. Muchas veces somos ciegos a este tipo de prácticas y podemos pasar de una simple conversación iniciada con sincero ánimo, a un enjambre de descalificaciones y juicios no fundamentados que intentan indisponer al interlocutor con un tercero, por supuesto, siempre ausente.
El foco de las conversaciones miserables no son, casi nunca, acciones o comportamientos evaluables, sino, la adjudicación de supuestas intenciones negativas o más bien malignas, que otro, siempre distinto de tú o yo, tendría respecto de nosotros y de nuestros proyectos (principal mente los tuyos).
La mayor parte de las veces, estas prácticas esconden un profundo sentimiento de subvaloración e inseguridad respecto a la propia identidad de quien las emite, sentimiento que sólo parece ser compensado con el menoscabo de la identidad del otros. Quienes así hablan, se concentran y buscan que los demás se concentren en las debilidades o tropiezos del otro, que lo vean como una amenaza. Es en este lugar donde se esconde uno de los dramas fundamentales de estos comportamientos, las personas que los hacen se vuelven prisioneras de sus propias conversaciones y generan espirales de comentarios nocivos que muchas veces, lo queramos o no, terminan dañando a alguien que podría ser un aporte o una oportunidad de crecimiento para la comunidad.
De igual modo, con más frecuencia de lo que quisiéramos, las conversaciones miserables se apoderan de una parte importante del quehacer de las organizaciones de trabajo, y no es extraño ver cómo al interior de las empresas o instituciones, un número importante de personas se hacen parte de estas discusiones y terminan estructurándose en oposición a otros, que, que supuestamente, no quieren aquello que nosotros queremos.
Construimos así, una cultura de nociva competencia, donde el compañero de trabajo no es un aliado, sino, un enemigo y la coordinación productiva se vuelve un imposible, impidiendo que los aportes del otro o los propios sean el verdadero foco de atención del quehacer de la organización.
Además, las personas que dan inicio a estas conversaciones, no parecen darse cuenta de la tremenda cantidad de energía que desgastan en la crítica solapada y en la descalificación, energía que puesta al servicio de propósitos trascendentes, con seguridad permitirían alcanzar metras y logros positivos para la totalidad de la institución.
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