No escuches las conversaciones miserables
Uno de los enemigos más corrosivos de la productividad en una empresa u organización, y por supuesto, de las relaciones entre personas, son las conversaciones miserables, aquellas que a partir del descrédito y menoscabo de lo que hacen otros, buscan resaltar la propia identidad u ocupar un lugar de autoridad o relevancia al interior de una comunidad. Muchas veces somos ciegos a este tipo de prácticas y podemos pasar de una simple conversación iniciada con sincero ánimo, a un enjambre de descalificaciones y juicios no fundamentados que intentan indisponer al interlocutor con un tercero, por supuesto, siempre ausente.
El foco de las conversaciones miserables no son, casi nunca, acciones o comportamientos evaluables, sino, la adjudicación de supuestas intenciones negativas o más bien malignas, que otro, siempre distinto de tú o yo, tendría respecto de nosotros y de nuestros proyectos (principal mente los tuyos).
La mayor parte de las veces, estas prácticas esconden un profundo sentimiento de subvaloración e inseguridad respecto a la propia identidad de quien las emite, sentimiento que sólo parece ser compensado con el menoscabo de la identidad del otros. Quienes así hablan, se concentran y buscan que los demás se concentren en las debilidades o tropiezos del otro, que lo vean como una amenaza. Es en este lugar donde se esconde uno de los dramas fundamentales de estos comportamientos, las personas que los hacen se vuelven prisioneras de sus propias conversaciones y generan espirales de comentarios nocivos que muchas veces, lo queramos o no, terminan dañando a alguien que podría ser un aporte o una oportunidad de crecimiento para la comunidad.
De igual modo, con más frecuencia de lo que quisiéramos, las conversaciones miserables se apoderan de una parte importante del quehacer de las organizaciones de trabajo, y no es extraño ver cómo al interior de las empresas o instituciones, un número importante de personas se hacen parte de estas discusiones y terminan estructurándose en oposición a otros, que, que supuestamente, no quieren aquello que nosotros queremos.
Construimos así, una cultura de nociva competencia, donde el compañero de trabajo no es un aliado, sino, un enemigo y la coordinación productiva se vuelve un imposible, impidiendo que los aportes del otro o los propios sean el verdadero foco de atención del quehacer de la organización.
Además, las personas que dan inicio a estas conversaciones, no parecen darse cuenta de la tremenda cantidad de energía que desgastan en la crítica solapada y en la descalificación, energía que puesta al servicio de propósitos trascendentes, con seguridad permitirían alcanzar metras y logros positivos para la totalidad de la institución.
Leer TodoA pesar de todo tu talento florece
Como ya se habrán dado cuenta, me gusta hablar de talento, pues ello me permite hablar con facilidad de las competencias maravillosas de los otros.
Es cierto que en el mundo laboral muchas veces sentimos que el quehacer cotidiano no nos deja mostrar todo aquello que podemos dar desde nuestro ser individuos, de lo que podemos aportar más allá de nuestras obligaciones y de todo aquello de lo que somos capaces. Es cierto que sin darnos cuenta olvidamos que cada cosa que hacemos nos muestra en plena integridad y que a pesar de nuestros comportamientos nocivos, nuestra humanidad nos desborda y se abré pasó. Así, aun sin darnos cuenta escuchamos atentamente a un compañero, saludamos de buen modo o damos nuestra opinión sincera, sonriendo oportunamente, dejando las quejas de siempre y las conversaciones miserables atrás, permitiendo que nuestras habilidades estratégicas afloren y se pongan al servicio no sólo de nuestra propia productividad, si no también la de nuestros compañeros.