¿Condenados por el éxito? o ¿Cómo hacerlo mal sin necesidad?

Los mejores liderazgos, los equipos más competentes, los compañeros más leales de un emprendimiento sucumbirán inevitablemente ante el agotamiento y la falta de reconocimiento, por ello, en las organizaciones comprometidas con el éxito se hace imprescindible gestionar equilibradamente los esfuerzos.

Quien se compromete obsesivamente con la meta sin considerar los talentos y las verdaderas capacidades de quienes lo acompañan en sus desafíos, está condenado al fracaso. Cuando una meta se cumple a costo del desgaste irracional del equipo de trabajo, celebraremos una vez, quizás dos o hasta tres veces, pero habremos hipotecado la cadena de éxitos, necesaria para sostener el futuro de la organización.

Los líderes de hoy saben o deben saber, que los horarios imposibles, los retos destemplados, las desoladoras angustias, las corrosivas sensaciones de fracaso que sufren los equipos de trabajo y sus conductores son casi siempre reflejo de un pedido inverosímil o desinformado, de una auto impuesta inflexibilidad o de la incapacidad personal de decir o aceptar un “no” responsable por respuesta. Así, como quien consume desmedidamente las horas y las fuerzas de una organización con el fin de alcanzar, sin importar los costos, las metas más inmediatas debe saber que está comprometiendo recursos que le pertenecen al futuro de su propio emprendimiento.

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La Soberbia

Pecado Capital

Uno de los principales y más nefastos enemigos del liderazgo en cualquier organización, y por supuesto, en la construcción del propio destino es creer que la tarea, la obligación profesional, la identidad personal de un gerente, un director o un ejecutivo de alto nivel es saber más que los demás, creer que el rol que se juega para la empresa o institución es dar siempre las verdaderas y únicas respuestas a todos los conflictos, a todos los desafíos y además hacer ésto desde la propia, exclusiva y original interpretación de la realidad, asentando su autoridad en la sabiduría iluminada del que todo lo sabe y a nadie necesita.

Así, se esconde una concepción primitiva del liderazgo, llena de inseguridades ancestrales, machistas y burdas que exige probar una y otra vez que para conducir a otros debo ser mejor que ellos en todos los ámbitos, desgastando a quien conduce en una tarea imposible y sin sentido.

La mayor parte de las veces, las personas que tienen este comportamiento caen con facilidad en la descalificación de su interlocutor, enrareciendo la conversación y la sana argumentación, con juicios tóxicos y conversaciones miserables. “No saben, son ignorantes, vienen de universidades de poco prestigio, los de regiones no saben nada. no entienden lo que pasa aquí en la capital, son jóvenes, ya están viejos, no hablan inglés” Interpretan las tareas de los otros como meras operaciones prácticas, restándole valor a cualquier aporte y alejando a la organización de su mayor riqueza, la inteligencia y la creación continua de conocimiento de su gente.

Así, sumidos en la ceguera de la soberbia, se somete a la organización y a sus equipos a conversaciones improductivas, que la desvían de su propósito trascendente de servicio y creación de valor, sin darse cuenta que la clave de su destino está en construir futuro, a partir de encontrarse en el presente con lo mejor de los otros.

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Y dale con el talento

En todas las personas existe talento y, tras él, un sinnúmero de destrezas y habilidades cuyo desarrollo nos puede hacer grandes.

Tan sólo ayer conversaba con Manuel, un brillante y exitoso empresario de Valparaíso con quien trabajo en temas de liderazgo, quien me hablaba del talento que tenía el menor de sus hijos, de apenas 15 años, admiraba su destreza en el manejo del computador, sobre todo en la composición de imágenes digitales y diseño de juegos electrónicos, siempre trataba de estimularlo pero por otro lado estaba profundamente preocupado por sus notas del colegio, allí no le iba muy bien, en la mayor parte de los contenidos tenía varias notas bajo los promedios de suficiencia, no se concentraba y no obtenía los logros esperados para él.

Juntos indagamos qué pasaba, por un lado, vimos su legítima preocupación por el futuro del chico. Manuel, creía sinceramente que a través de sus talentos su hijo podía crecer y llegar muy lejos, pero para ello tenía que preocuparse, cumplir con las obligaciones del colegio y desarrollar las materias importantes en las que el niño parecía no poner atención; es más, derechamente no se hacia responsable. Por ejemplo, me decía “tiene que aprender que las cosas cuestan, que no se dan de un día para otro, que hay que ser sistemático, que hay que concentrarse, que hay que cumplir con las metas y llegar al objetivo”

Lo invité a mirar (“a escuchar” decimos en el coaching) ese talento, a pasar mas allá del evidente virtuosismo del muchacho y juntos descubrimos con asombro y alegría que cuando se instalaba a digitalizar sus imágenes pasaba horas sumido en una profunda concentración, que en cada pieza que realizaba se preocupaba de cada detalle con obsesivo perfeccionismo, con paciencia se hacia cargo de cada espacio, equilibrando los colores, no descuidaba el dramatismo de cada figura y no daba por terminada la obra hasta estar seguro de que era excelente, y es más constatamos que cuando le quedaba como él quería se sentía calmado y feliz.

Allí estaban las habilidades que se necesitaban para potenciar el desarrollo de su hijo, habitaban dentro de él y aparecían desde lo mejor de sus condiciones, ahora sólo había que potenciarlas,

En todas las persona existen talentos: para hablar en público en unos, para escribir papers en otros, para diseñar estrategias o para llevarlas a la acción, para acoger o para fijar límites. No importa cual, hay que atreverse a mirarlos, a trabajar con ellos y a potenciar el camino de oportunidades que nos señalan.

Esa mañana, al finalizar la sesión, Manuel se sentía un poco más tranquilo y parecía más feliz.

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¿Qué les está faltando a los líderes hoy día?

Qué les está faltando a los líderes hoy día

Estimados amigos, quisiera compartir con ustedes una cita sobre liderazgo realizada por Deepak Chopra, publicada en The Seminarium Letter, en el mes de mayo del presente año, la cual guarda relación con algunas de las conversaciones que juntos estamos llevando en este blog.

Ante la pregunta ¿Qué les está faltando a los líderes hoy día?, él señala lo siguiente:

“Desafortunadamente, en la actualidad los líderes han estado enfocados en el tráfico de poder, en la venta de influencias y en la corrupción…

…Lo que les está faltando es el ingrediente más importante, que es el deseo profundo de servir…

Necesitan estar profundamente motivados, pero no por el ego, sino, por la ambición de construir y crear.”

Dejar atrás la concepción de que el liderazgo es una cualidad individual, donde una persona se transforma sólo por sus propias habilidades en un conductor iluminado de los destino de una colectividad, no es sólo un error conceptual, sino también, el anuncio de una tragedia comercial y/o productiva.

Hoy, las organizaciones se cosntituyen a partir de estructuras organizacionales cada vez más horizontales y abiertas, su liderazgo depende, entonces, de la comunión de los talentos de todos aquellos que participan de la organización.

No hay liderazgo posible si no existe otro que te permita ejercer dicho liderazgo, otro que, libre y voluntariamente te acompañe, te de autoridad y decida compartir tu y su destino.

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El liderazgo no es un don, es una herramienta para obtener resultados

Siempre se asocia el liderazgo con la capacidad de un individuo para conducir a otros y lograr que las cosas sucedan, y es cierto, cuando presenciamos estos acontecimientos estamos ante la concreción del objetivo esencial del liderazgo. Sin embargo, el liderazgo en sí no es un don que podamos encontrar per se en un individuo, no viene con los genes particulares de nadie, y se equivocan profundamente aquellos que pretenden encontrarlo en un tipo determinado de persona o tipificar su estructura a partir de las características especiales de alguien. Es más, estas definiciones alejan a las personas de su uso como herramienta para alcanzar resultados.

Hoy, cuando las organizaciones productivas de toda índole comienzan a aceptar que sus logros, sus metas, y sus propósitos trascendentes están directamente asociados a las potencialidades de todas y cada una de las personas que conforman su comunidad, entender eso es algo realmente fundamental.

Intentar alcanzar objetivos a partir de visiones mesiánicas, o de la imposición de un destino a partir de instrucciones que no integren, reconozcan u ofrezcan sentido a las potencialidades de los integrantes de un equipo, no es solamente primitivo y torpe, es simplemente condenar de antemano dichos objetivos a productividades exiguas o definitivamente al fracaso.

El liderazgo se realiza como tal en comunidad y se funda en la relación con los otros, en el mundo de hoy, donde la información y el conocimiento están cada día más a disposición de la sociedad, no hay posibilidad democrática de conducir a alguien, de llevarlo a una determinada meta, si esta persona o grupo no acepta ser conducido.

Las organizaciones productivas deben atreverse a dejar atrás las concepciones arcaicas del liderazgo, que centran su accionar en esfuerzos individuales de conducción, expandiendo sus posibilidades hacia la relación fecunda de los individuos en el encuentro vital de las personas en un compromiso libremente adquirido, el cual, se construye en una fuerza propulsora de productividad y éxito.

Entender el liderazgo, entonces, como una herramienta que funda la interacción fecunda entre las personas permite, por un lado, democratizar su uso, así como también, reconocerlo en cada itinerario de desarrollo personal, como una posibilidad de aprendizaje y crecimiento.

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